• Infancia

    Por Carolina Berdini

    Infancia

    Dolor de estómago

    —¿Alguna vez te enamoraste? —me preguntó mi primo mientras tomábamos un helado en la vereda. Estábamos sentados en el cordón, a la sombra del limonero.Yo intentaba leer y Pablo seguía interrumpiéndome con preguntas. Cerré el libro y lo miré enojado. Pablo hacía figuras en la tierra de la calle, con la ramita que había encontrado en el arroyo cuando fuimos a pescar. Era una tarde de enero, y como todos los veranos, Pablo venía a quedarse unos días en casa. Según la tía, el aire de las sierras le hacía bien. Pablo vivía en la gran ciudad, en un departamento chico en el piso 12. No tenían patio y su mamá no lo dejaba jugar en la calle porque era peligroso. Por eso cuando Pablo nos visitaba en vacaciones, se sacaba las ganas de estar al aire libre. Quería correr, andar en bicicleta, acampar en el jardín, y sobre todo quería jugar: a la pelota, a las escondidas, a la rayuela y a las estatuas de sal. Y lo entendía. El año pasado había estado en su casa cuando mamá tuvo que hacer unos trámites en la capital. Como era viernes, acompañamos a la tía a llevar a Pablo a la escuela y después pasamos toda la mañana en el centro. Ahí entendí porqué a Pablo le hacía tan feliz venir a casa en verano. El departamento de dos ambientes, los empujones en el colectivo, el olor a basura en la calle, su escuela con patio de cemento y los ruidos de los autos por la noche. —¿Te comieron la lengua los ratones? —me preguntó mientras seguía dibujando con su ramita. Pablo era tres años más chico que yo. Siempre fuimos muy amigos, pero ese verano la poca diferencia de edad se había hecho gigante. Yo ya no tenía ganas de jugar. —¿Y? ¿Estás sordo? —volvió a insistir—. Te pregunté si alguna vez te enamoraste. Lo miré un momento. —Sí —le respondí. —¿De quién? ¿Es linda? ¿Cómo se llama? Pablo había dejado la ramita en el suelo y esperaba ansioso. Realmente quería saber. —No me acuerdo si es linda —le dije—. Pero sí me acuerdo de sus ojos. Se llama Érica y es la nieta de Don Gregorio, el farmacéutico. No es de acá. Creo que vive en otra provincia. Vino de visita un fin de semana, para el cumpleaños número cien del pueblo. Estuvimos dos días de festejo. Hubo desfile en la plaza, asado y fogatas en el parque, kermés y un baile en el club. —¿Entonces no es linda? —preguntó Pablo. No había terminado de comer el helado y el chocolate se derretía chorreándole los dedos. —¿Y cómo te enamoraste? —insistió desconcertado. —No sé cómo me enamoré. —¿Pero cómo sabías que estabas enamorado? —Porque sentía un revoltijo extraño en el estómago cuando la veía. —¿Un revoltijo en el estómago? ¿Como el que sentís antes de dar una lección oral? ¿O como cuando tu mamá te dice “tenemos que hablar” y sabes que es por algo malo? ¿O como la primera vez que vas a la escuela solo y tenés miedo de perderte o que te pase algo? Pablo tenía una habilidad innata para hacer preguntas. Me dejó pensando un momento y luego le contesté: —Sí, como todo eso. Es ese revoltijo que sentís antes de que pase algo importante. Sabés que después de eso algo va a cambiar y que no vas a volver a ser el mismo. Eso es lo que sentía antes de mirarla a los ojos. Era la primera vez que hablaba con alguien en silencio. Creo que no teníamos nada para decirnos. Sólo importaba que el otro estuviera ahí, cerca. —¿Y la besaste? Pablo no dejaba de sorprenderme con sus preguntas. —No, nunca nos besamos —le contesté—. Nunca la tomé de la mano ni le dije lo que sentía. Pero la última vez que la vi, en la fiesta en el club, bailamos abrazados. Y cuando nos despedimos, le di un papelito con mi número y dirección. Cada vez que sonaba el teléfono o pasaba el cartero, me volvía a agarrar el revoltijo en el estómago. Pero Érica nunca me llamó ni escribió. Pablo dejó de hacer preguntas. Nos quedamos en silencio, mirando el sol que se escondía entre las sierras. A lo lejos se escuchó la sirena del tren y en la esquina la barrera comenzó a bajar. —A que corro más rápido —le dije a Pablo, que ya había vuelto a tomar la ramita y dibujaba nuevas figuras en la tierra. —¿Que yo? —me preguntó asombrado. –No, tonto. Más rápido que el tren. Entonces me paré y empecé a correr hacia la esquina. —¡Dale! ¡Apurate que ahí viene! —le grité mientras Pablo corría detrás de mí con el helado derretido en una mano y la ramita en la otra. Cuando el tren se acercó, corrimos a la par. Como locos. Hasta que nos quedamos sin aire y nos tiramos bajo un nogal al costado del camino. Pablo largó una carcajada. Tenía toda la remera manchada con chocolate y se había rasguñado la cara con la ramita. Y yo también me reí, sin sentido. Por un largo rato, contagiados. Hasta que nos dolió el estómago. Carolina Berdini

    Por Carolina Berdini

Carolina Berdini

Literatura

Mail

Cuento breve sobre la inocencia de la infancia y el dolor que implica crecer
COMPARTIR