• Hambre

    Por JUAN SASTURAIN

    Hambre

    Sobre las ganas de comer y el permiso para vomitar

    Según el dicho popular, cuando se acoplan, se encuentran, se descubren o alían dos carenciados extremos de cualquier tipo –de capital, de afecto o de inteligencia-, el sentido común suele nombrarlos, condescendiente, con la penosa dupla formada por el hambre y las ganas de comer. La pretensión sobradora es señalar la equiparación de sus carencias respectivas, como si fueran lo mismo. Y es casi cierto. Pero no lo son.

    Haciéndolo simple: el hambre tiene que ver con la necesidad; las ganas de comer, con el deseo. Decimos “el problema del hambre en el mundo”, no “las ganas de comer en el mundo”. El hambre nombra la urgencia imperiosa, primaria e indiscriminada de alimentarse que, si no se satisface, compromete la subsistencia y sus variables asociadas. Las ganas de comer, en cambio, se refieren al deseo, a la satisfacción de un gusto y se supone que se expresan dentro de un marco de elección posible. El hambre es –en este sentido- indiscriminada; las ganas de comer son selectivas.

    La literatura ha dado cuenta del hambre del hombre, y del hombre ante el hambre con diverso grado de agudeza y repercusión. El eficaz Paul Auster –mejor y más atento lector de literatura europea del siglo veinte que la mayoría de sus colegas yanquis- en los ensayos de El arte del hambre se ha ocupado de desmenuzar con perspicacia las sagaces aproximaciones del hoy poco transitado Knut Hamsun y del nunca demasiado transitado Franz Kafka. Tanto en el caso de la novela del Nóbel noruego, Hambre, precisamente, como en el del memorable cuento del checo -Un artista del hambre- la privación de alimento va asociada directamente a la condición / vocación artística. No (querer) comer es en ambos casos resultado de cierta elección de vida. Un gesto explícitamente voluntario (el patético ayunador circense kafkiano) y, en el caso de la primera novela de Hamsun, una vuelta de tuerca al mito romántico del escritor como genio absoluto que asocia obra y existencia: debe escribir porque es su vida. Pero no come porque no escribe y no escribe porque no come: “No es un oprimido por la sociedad sino un monstruo de arrogancia intelectual” precisa Auster. En ambos casos, se abraza el hambre (se “hace” hambre) como forma de expresión individual desesperada, negativa absoluta de concederle derechos a la necesidad externa (lo social) de un Yo que se piensa y concibe libre y absoluto, no condicionado.

    En Chaplin, en las películas de Charlie, el tema del hambre y del comer o no es una constante. Su vagabundo siempre alerta suele oír los ruidos intestinales menos como sirena de alarma que como melodía conocida.  En The gold rush, película muda de los veinte, el hambre extremo entre los exploradores de oro en el ártico genera algunas de las escenas más celebradas del cine mudo: la alucinación del gordo que ve a Charlie como un apetitoso pollo gigante y lo persigue cuchillo en mano por toda la cabaña, y la filosófica comida de Charlie de sus hervidos zapatones, con los largos cordones como dóciles spaguetti. La culminación del tema se da en la sátira feroz de Tiempos modernos, de 1936, plena Depresión, cuando el alienado Charlie tragado literalmente por los engranajes de la producción en serie es objeto de martirio por la máquina automática de alimentar que sólo lo tortura sin dejarlo probar bocado. Después, en solidaridad con la bellísima Paulette Goddard, la huérfana ladrona callejera de “un trozo de pan” tanguero, Charlie elegirá la cárcel por ella, y cuando sobre el final le toque pintar un futuro venturoso para ambos, la construirá un sueño memorable en que la vaca se arrima a la puerta de la casita para ser ordeñada y basta con sacar la mano por la ventana para servirse los frutos de los árboles…

    Otras veces, como en los poemas de Miguel Hernández de la época de la guerra civil española –las conmovedoras Nanas de la cebolla, por ejemplo- el hambre carece de atenuantes compensatorios, y se asocia a las secuelas devastadoras del conflicto, que un paso más allá, en numerosos relatos europeos que pintan la época, asocian la miseria insostenible con la alternativa de la prostitución.

    Pero la ruptura va más allá del orden moral convencional cuando el hambre y su necesidad traspasa incluso tabúes ancestrales: en un texto cercanos a nosotros, como El hambre, primer cuento de Misteriosa Buenos Aires, el libro de relatos de Manuel Mujica Láinez que recorre los avatares de la ciudad desde sus orígenes, la deshumanización culmina en antropofagia; y en una obra maestra absoluta de la sátira y el humor negro universales, el implacable Jonathan Swift enunciaba sin parpadear -en el siglo XVII- Una modesta proposición para solucionar el problema del hambre en Irlanda: que los irlandeses hambreados por el torniquete británico se comiesen a sus propios bebés, con lo que no sólo se nutrirían muy bien ellos sino que reducirían así el número de bocas competidoras…

    Volviendo a la idea inicial: en todos estos casos y momentos, el hambre –esa vergüenza insostenible de la sociedad contemporánea- ha sido motivo o pretexto de relato realista o simbólico, poesía desgarrada, reflexión trágica, sarcástica o grotesca. En ningún momento o coyuntura histórica, sin embargo, se ha dado con mayor claridad que hoy -patética, obscena- la aparente desaparición del hambre generalizado como cuestión universal, y –por el contrario- la vigencia mediática del frívolo tema de las ganas de comer. Nadie en los medios habla del espantoso problema del hambre, muchos, en cambio, viven del grosero negocio construido alrededor del seudo problema de las ganas de comer.

    Quiero decir: el escándalo moral que significa la multitudinaria muerte y degradación universales por simple inanición (léase: hambre liso y llano) no parece ser un tema importante ante la imbecilidad comercialmente dirigida que medra con el despliegue inusual, cada vez mayor, de temas como la obesidad como enfermedad preocupante y digna de obsesiva atención, y de las extremas afecciones de bulimia y anorexia como noticias recurrentes de primera plana y saturada pantalla. La sustitución, sobre todo en los medios masivos, como eje de reflexión y preocupación, de la mera necesidad de ser por el deseo de parecer es sintomática de lo peor de una sociedad corrompida por una ideología penetrada por el capitalismo más salvaje y decadente en que el simple hambre ha sido substituido y legitimado por sus perversas metáforas y degradaciones: la ambición sin escrúpulos, el beneficio sin límites, la competencia sin reglas.

    Quiero decir dos, groseramente: el día que desterremos el hambre (la necesidad); hablaremos sin pudor de las ganas de comer (el deseo). Nunca ha sido tan flagrante la manipulación. Se soslaya el problema fundamental de la nutrición básica para todos, para substituirlo por el negocio –basado en la mala fe y el psicopateo más flagrante- de la “alimentación sana” y los supuestos valores de la buena apariencia. De los empeños de Teresa de Calcuta y tanto oscuro militante de la vida, a la prédica del doctor Atkins y otros ladrones foráneos y locales de panza y cuenta llena, hay un abismo que debe rellenarse con sensatez. Lo único real y comprobable es el gigantesco negocio que se despliega a nivel universal cuando en lugar de combatir el hambre se combaten las ganas de comer.

    Es el momento en que –con la solidaridad de anoréxicos y bulímicos, y con el perdón de los verdaderos hambrientos- pedimos permiso para vomitar.

    Por JUAN SASTURAIN

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