• Infancia

    Por Leonardo Baldo

    Infancia

    La chispa

    La impunidad de mi semblante aniñado  dejaba sucumbir a mis padres al resto de mis pretensiones. Esperaba el fin de curso, para adentrarme en la panacea, que para mi significaba ir al campo. El campo representaba el lugar mas libre, lleno de música, de impavidez  minuto a minuto. Junto con mis primos aprovechábamos el caluroso enero para enredarnos entre líneas de pesca a medio armar, juegos nocturnos y mucha comida ejecutada por las manos de mi abuela. Pero hay algo de esos días que recrudece en mí hasta el día de hoy, era ese fuego, ese ocre prohibido lleno de movimientos que nos visitaba a la hora de la siesta. Éramos niños, peleábamos contra el hombre de la bolsa, por ende no dormíamos siesta. En ese horario lúgubre de silencios humanos, aprovechábamos todas nuestras energías en la recolección de superfluas ramas secas, tarros oxidados y aerosoles viejos. La idea: armar una intensa hoguera, para jugar a ser héroes paganos. Mi primo Cristian el mayor del rango, comandaba la tarea “Traigan muchas, pero muchas plumas de gallo que eso agarra mejor que la leña”, decía Cristian, yo le hacia caso penetrando el lugar mas oscuro del área, peleándome entre gallinas buscando al gallo; mi otro primo, Gustavo, era el quemador de residuos industriales, pasaba horas dentro del galpón, entre las herramientas, buscando obsoletos hierros para incinerarlos. Una vez que terminábamos ese trabajo, buscábamos el combustible, allá, en el campo abundaba, abríamos las canillas de los tanques y llenábamos las damajuanas de gas oil, mi abuela viéndonos desde lejos exclamaba “¡El gas oil no, chicos,  que es para trabajar!”, solamente nos lo decía, pero no lo prohibía. El ritual previo a la gran lumbre nos juntaba agachados, concentrados mirábamos las leñas y desechos del montón. Uno hacia reparo defendiendo la flamante fogata del furibundo pampa, el otro cubría el montículo de combustible, mientras agazapados esperábamos las llamas, juntábamos nuestras manos para encender el fósforo. Cristian, respetando las antiguas jerarquías otomanas, era el encargado de encenderlo; el fósforo encendido dejaba la mano de Cristian, y en la primera llama comenzaba la fiesta. Ahí estaba el fuego, el crepitar de la leña nos dilataba las pupilas, los hierros comenzaban a ponerse furiosos , en rojo, por el calor del fuego, los aerosoles vacíos suspiraban, descargando toda su bronca, hasta estallar, la escena cambiaba, el ritmo vedado por nuestros mayores producía risas e ilusiones, la ingenuidad nos llamaba mas cerca de la fogata, muy cerca. Recuerdo que fue ahí, estando agachado, con mis cejas en llamas , junto a mis primos mirando la hoguera, cuando una heterodoxa chispa salió de su ecosistema depositándose en Gustavo, inexorablemente, por instinto, Gustavo quemándose, estiro sus manos como queriendo salir de ese dolor, las manos raudamente tocaron mi espalda, la fuerza de gravedad , una vez mas, me supero, dejándome quieto sobre un símil volcán de lava agreste, comencé a gritar y a gritar, mis primos absortos por la peripecia presentada no se inmutaban, mis manos ahí seguían, entre brasas, envueltas en fuego , hasta que la carne se calentó, y ahí , si ahí saque mis manos, rojas , hinchadas de tanta osadía y tanta búsqueda. Ese fuego se apago, se prohibió, y mi recuerdo resurge como llama de leña,  cuando veo la cicatriz del infante inquieto.

    Por Leonardo Baldo

Leonardo Baldo

Literatura

Web

Mail

arbolengo
COMPARTIR