• Fe

    Por Liliana Ragusa

    Fe

    Este breve relato es el resultado de una experiencia particular, simple pero significativa que me sucedió en diciembre, durante un viaje en familia atravesando el invierno italiano.

    LOS OJOS DE DIOS

    (…) Como cualquier otro lector, o escritor, me busco a mí mismo. Busco encontrarme en páginas, en ideas, en reflexiones, reconocer que somos algo más que esto que se presenta como “realidad”; ese sigue siendo el mayor deslumbramiento.

    José Saramago

     

     

    La imagen corresponde a  Capestrano, un pequeño pueblo de la provincia del L’Aquila en Abruzzo, Italia.  

    En navidad estuve en Roma con mis primos. Los días previos a nuestro rencuentro pasaron con mucha ansiedad porque el calor de quienes nos quieren (a pesar de nosotros mismos) es  un regalo siempre bienvenido.

    Roma nos esperaba con sol y cielo azul, edificios monumentales, avenidas hartadas de gente y taxistas inescrupulosos. Del itinerario de los “lugares imprescindibles de ver si vas a Roma”, había sido escogido el museo del Vaticano. Honestamente mi cabeza laica no hubiese considerado esa opción; afortunadamente para todos los implicados no era  la persona que tomaba las decisiones. La experiencia de recorrer los larguísimos pasillos del museo abundantes de arte e historia, resultó fascinante tanto para adultos como niños y la odisea de llegar a la capilla Sixtina, una gustosa guindilla. A pesar de la multitud que limita el tiempo de permanencia  en el recinto, las imágenes celestiales de esa concavidad entran por los ojos y se instalan inevitablemente en alguna parte de nosotros, recordándonos que el arte es capaz de abrazar lo que no vemos pero sabemos que está. Sin embargo,  el viaje no terminó allí porque resultó un pequeño peregrinaje hacia aquello que he tratado de definir en los últimos años.

    Del “ombligo del mundo” partimos por carretera hacia el pueblo donde nació mi tío. Encajado en la montaña, el paisaje era de una simplicidad perfecta, conmovedoramente perfecta. Limpiaba los ojos, purgando los pensamientos superfluos e invitando a la contemplación blanca y silenciosa. Una verdad, es así, nada se puede agregar.

    Fueron días que ahora mismo no podría explicar pero en los que me sentí particularmente consciente. Un momento de austeridad que suspendió mis pensamientos.

    Una de esas noches en el pueblo de mi tío, me fui a dormir en medio de un debate existencial entre los adultos y el único adolescente del grupo. El sueño llegó desde el susurro de la conversación intensa y profunda que mantenían en la cocina. Una noche de fiebre asintomática donde soñé muchas cosas y ninguna. Al día siguiente, apenas desperté vi claramente grabada en la oscuridad de mi cabeza una frase: los ojos de dios. Es increíble cómo puede significar tanto algo que ha venido desde la más profunda inconsciencia, para nada forzada o escarbada.

    Ese mantra me ha dado una tranquilidad que ninguna otra cosa hasta ahora había logrado. Siento paz cuando lo repito porque ha calmado y dado coherencia a preguntas fundamentales. También sé que hube de trabajar mucho para que naciera en mí. Y la certeza mayor: es un comienzo que intuyo nunca termina.

    Por Liliana Ragusa

Liliana Ragusa

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